El antisemitismo, antes y ahora
En la CEI en general, y en Rusia en particular, viven miles de prosélitos y judaizantes antiguos apodados en Israel sobotniks. Algunos, como se sabe, concretaron su aliá. Por la evolución peculiar de este grupo, su situación halájica no es suficientemente clara. Según las estimaciones, el número total de sobotniks reconocidos como judíos en Rusia y Ucrania llega a proximadamente a 10.000 almas.
Tal como lo he señalado en el primer artículo de la serie sobre este tema, los sobotniks preservaron su judaísmo con gran dedicación a pesar de las persecuciones del zar y la Iglesia. Este fenómeno singular no se dio en lugares más liberales y con libertad de culto, sino en un país controlado por el zarismo, la Iglesia y el comunismo. A pesar de todas las dificultades, los sobotniks conservaron el judaísmo y siguen existiendo hasta el presente. No caben dudas de que se han sacrificado por él a pesar de las persecuciones de la Iglesia, incluida la quema y la mutilación como castigos por guardar el judaísmo. A pesar de que las comunidades de sobotniks en el imperio soviético generalmente mantuvieron el estilo de vida judío más que muchos judíos rusos, los setenta años de despótico gobierno comunista dejaron su impronta sobre ellos. La relación de la joven generación con el judaísmo se ha debilitado y si no les tendemos una mano, desaparecerán al cabo de una generación o dos.

A pesar de los dos siglos de expulsiones, persecuciones y odio, los sobotniks lograron sobrevivir y mantener su judaísmo en condiciones sumamente difíciles. El gobierno soviético trató de forzarlos a asimilarse obligándolos a trabajar en sábado, intento que generalmente fracasó. Las autoridades también asentaron no judíos en los centros de población sobotnik, con la esperanza de quebrar su estructura comunitaria tradicional y consolidada.
Los sobotniks sufren hasta el presente graves manifestaciones de antisemitismo por parte de sus vecinos cristianos. Los prosélitos sobotniks que visité me contaron en detalle las agresiones de la población circundante, que continúan hasta el presente. En la aldea de Vysochki no hay manifestaciones de antisemitismo porque los sobotniks son mayoría, pero padecen la burla y el desprecio de los habitantes de las aldeas cercanas. Los cristianos locales los agreden e insultan por su judaísmo. Los sobotniks han padecido infinidad de agravios por parte de sus vecinos rusos, que no les permiten trabajar con ellos, dañan sus campos y no los autorizan a viajar en autobús junto con ellos.
Hasta el día de hoy hay una honda división entre los prosélitos sobotniks de Vysochki y sus vecinos no judíos, que los apodan "judíos", "prosélitos", "sobotniks" o "yids" (apodo despectivo de los judíos en ruso); los prosélitos sobotniks llaman a sus vecinos "rusos".
Para protegerse de la actitud hostil de los no judíos, los habitantes de Vysochki decidieron no vender ni dar en arriendo las casas desocupadas de la aldea a no judíos. Por eso pueden verse casas vacías, para que no lleguen pobladores no judíos.
El sufrimiento y el antisemitismo contra los sobotniks no son nuevos, sino que se remontan a dos siglos atrás, desde el surgimiento de este fenómeno. El zar Alejandro I los expulsó de sus casas en el siglo XIX y los dispersó por diversas aldeas en todo el país. Con la creación de la Unión Soviética, los sobotniks padecieron graves persecuciones bajo el régimen comunista; hasta el presente se los considera extraños y se los agrede, por su deseo de preservar la identidad judía y el legado tradicional de sus antepasados.
El origen de esta actitud hostil ante los sobotniks empezó en 1817, cuando se dirigieron al zar Alejandro I para pedirle que interviniera contra los ataques de la población circundante. En el petitorio elevado en 1817, 20.000 sobotniks de Voronezh se quejaban de "la represión (que padecemos) a manos de las autoridades locales, cristianas y civiles, porque aceptamos la verdad de la ley mosaica". La reacción del zar no se hizo esperar: emitió varios decretos contra los sobotniks y los dispersó por todo el imperio para que no pudieran influir sobre sus vecinos. El zar decretó que "los líderes de las sectas judías y sus maestros serán reclutados al servicio militar y quienes no estén en condiciones de prestar serán expulsados a Siberia"... Todas las actividades externas de la secta, como las plegarias y el cumplimiento de diversos ritos muy diferentes del culto cristiano, fueron prohibidas.
Las persecuciones contra los sobotniks en general, y contra los sobotniks prosélitos en particular, prosiguieron muchos años. En tiempos del zar Nicolás I (1825-1855) las persecuciones obligaron a muchos miembros de la sectar a huir a otros lugares, en especial el Cáucaso. En tiempos de Alejandro II la situación mejoró, y vivieron una época de tolerancia religiosa, pero las persecuciones se reanudaron con Alejandro III, a partir de 1833, lo que llevó a la creación de poblaciones concentradas de sobotniks en lugares alejados y dispersos de Rusia, entre ellos el norte del Cáucaso, Sarátov, Tambov, Irkutsk, Voronezh, la región de Koban, Tbilisi y Siberia.
En Siberia, el lugar de exilio de los disidentes, surgió una gran comunidad de prosélitos sobotniks que pensaban que ese lugar les proporcionaría la tranquilidad necesaria para cumplir con los preceptos del judaísmo.
Los sobotniks desterrados no renunciaron tan fácilmente a su fe judía y crearon comunidades independientes y cerradas en zonas apartadas.
La Iglesia Pravoslava buscó los medios de poner freno a la ola de "herejías" y lanzó una andanada de edictos y decretos contra los judaizantes.
Los sobotniks no vieron mejorar su situación bajo el gobierno soviético. Las comunidades sobotniks en Ucrania que cayeron bajo la ocupación nazi a principios de 1940 fueron asesinados junto a los judíos asquenazíes. Cuando se abrieron las puertas de Rusia, a fines de 1990, los sobotniks empezaron a salir del país.
Su situación y ascendencia judíasLa situación halájica de los sobotniks es compleja y poco clara, porque parte de su historia no es conocida y carecemos de documentos o testimonios sobre ella. Es cierto que no tenemos información precisa sobre el momento o lugar de conversión al judaísmo de quienes retornaron a él y se convirtieron en judíos plenos, pero no se puede obviar la abnegación de los miembros de la congregación en el cumplimiento de los preceptos y la celebración de matrimonios endogámicos; asimismo, contamos con numerosos testimonios de las bodas de prosélitos sobotniks con judíos asquenazíes de Rusia, y con judíos sefardíes del Cáucaso y Azerbaiyán.
Según los historiadores e investigadores, la situación ya descripta de persecuciones reiteradas explica la falta de fuentes y datos claros sobre el movimiento de conversión al judaísmo en aquella época. En otras palabras, el hecho de que no hayamos encontrado constancias ni certificados de conversión en las comunidades sobotniks se debe, aparentemente, a la prohibición de conversiones por parte de diferentes gobiernos.
La Halajá judía exige diversas clases de evidencias para demostrar el judaísmo de una persona en general, y de un converso en especial, pero no siempre es imprescindible un documento que certifique la conversión. En realidad, existen tres formas de demostrar la conversión al judaísmo: a. Por medio de testigos aptos, que brinden testimonio de la conversión realizada ante un Tribunal apto compuesto por tres miembros; b. Por la presunción de judaísmo, que deriva del comportamiento judío religioso durante un lapso prolongado; c. Por la fidelidad del prosélito, en caso de no haber sido conocido como tal antes de su conversión.
La primera forma de demostrar la conversión por medio de testigos puede ser reemplazada por un certificado de conversión firmado por un tribunal, que certifique que determinada persona ha pasado la conversión ante un tribunal tripartito.
Pero la primera alternativa no es aplicable en el caso de los sobotniks, porque se trata de una conversión efectuada hace más de dos siglos. Hoy en día no contamos con testigos que puedan corroborarla, sino tan sólo con numerosos relatos y tradiciones sobre la conversión. Por otra parte, en aquella época no se solía entregar un certificado de conversión tal como se hace en el presente. También es probable que los tribunales rabínicos que convirtieron a los sobotniks temieran entregar certificados oficiales por miedo al gobierno y a la Iglesia, que efectuaran las conversiones como actividades de los tribunales rabínicos y que los sobotniks se hayan convertido en judíos según la Halajá, pero que no se les haya dado ninguna constancia escrita para no hacerlo público.
Hay quienes tratan de aplican la lógica y sostienen que no cabe suponer que los sobotniks se convirtieron formalmente al judaísmo, sino que sólo judaizaban, es decir, que cumplían los preceptos pero que no se convirtieron ante un tribunal, porque la conversión era un hecho muy peligroso y aun prohibido. Más aún, no sólo que no hay evidencias que corroboren esta hipótesis, sino que a lo largo del tiempo la historia ha demostrado que en los movimientos religiosos y espirituales existe la norma de "cuanto más los oprimían, más se multiplicaban", es decir, cuanto más se pretende aplastar el crecimiento de algún movimiento espiritual, más se desarrolla y prospera.