Los Bnei Menashé y su proceso de retorno al pueblo judío – 2
La presente nota no es un texto halájico sino un artículo histórico y contemporáneo, desde la perspectiva de la fe en una rama desgajada del árbol, una de las tribus exiliadas de su tierra y separada de su pueblo, que empezó a reanudar su lazos con el judaísmo: Bnei Menashé, descendientes de la tribu de Menashé.
La salida al exilio y el deambular
La historia de Bnei Menashé empieza en 722 a.e.c., unos 160 años antes de la destrucción del Primer Templo cuando el Reino de Israel fue conquistado por Asiria y las diez tribus, entre ellas la de Menashé, fueron desterradas al Imperio Asirio, a la zona de Khalakh, Gozen y Habor identificadas con el actual Afganistán: «En el año noveno de Oseas, tomó el rey de Asiria a Samaria y desterró a Israel a Asiria; y los puso en Khalakh y en Habor, junto al río de Gozán, y en las ciudades de los Medos… Israel fue exiliado de su tierra hacia Asiria, hasta el día de hoy» (II Reyes 17:6).
Con su declinación, el Imperio Asirio dejó su lugar a otros imperios como Persia y Grecia, y la tribu de Menashé fue desterrada y deambuló una vez tras otra hacia el este, en dirección a la India, Tibet y China, a lo largo de la Ruta de la Seda.
En el siglo III fueron tratados con gran crueldad en China, cuyo emperador los sometió a servidumbre y les arrebató la libertad espiritual. Según una tradición de Bnei Menashé, cuando fueron expulsados de esa zona extraviaron o les robaron el Libro Sagrado, aparentemente el último texto de la Torá que se encontraba en su poder. En antiguas tradiciones y canciones, ellos hablan del «perro» o el rey malvado que les quitó el Libro Sagrado. A partir de esa época, la tradición se transmitió sólo por vía oral a cargo de los sacerdotes de la tribu, que siguió preservando el legado judío hasta el siglo XIX.
A raíz de las persecuciones en la China, Bnei Menashé huyeron a una zona montañosa a los pies del Himalaya, donde trataron de preservar su judaísmo y su cultura en los bosques del nordeste de la India. Cabe recordar que en la época en que se establecieron en esa región, aún no se hablaba de la India como un Estado, sino de regiones salvajes, alejadas y aisladas que Bnei Menashé eligieron para preservar su fe y con la esperanza de ser redimidos y lograr el retorno a la Tierra de Israel.
Su deambular se prolongó muchos años y pasó por muchos lugares, hasta que llegaron al nordeste de la India, donde permanecen hasta el presente: desde la Tierra de Israel hasta Afganistán, pasando por el Himalaya, Mongolia, el Tibet, China, Tailandia, Birmania y las regiones de Mizoram y Manipur en el nodeste de la India.
Las tradiciones sobre su condición de descendientes de Bnei Menashé
La partida al exilio se produjo unos mil años antes de la conclusión de la Mishná (siglo III a.e.c.), razón por la cual, a excepción de la Ley Escrita, toda su tradición halájica se preservó oralmente. Con el paso del tiempo y los problemas acuciantes, la tradición oral fue olvidada casi por completo. Desde entonces, la chispa de la identidad se preservó en algunos remanentes de la tradición halájica, costumbres, canciones y relatos que siguen transmitiendo de padres a hijos hasta el presente. Hay una serie de características, costumbres y tradiciones que los vinculan con la tribu de Menashé.
Bnei Menashé conservan la tradición tribal de que son descendientes de la tribu de Menashé. También los otros habitantes de las regiones de Mizoram y Manipur al nordeste de la India tienen tradiciones (conocidas por todos) que los definen como descendientes de Israel, aunque en el presente profesan otra religión. En uno de nuestros encuentros con el gobernador de Mizoram, nos dijo que todos saben que los habitantes de su estado son descendientes de judíos, a pesar de que muchos de ellos no quieren retornar al judaísmo. Los habitantes de la región simpatizan con el Estado de Israel y con los judíos, y saben que descienden de ellos. Muchos nombres de calles y tiendas aluden al origen de sus habitantes, como Sion, Israel, Hebrón, etc.
La tradición de ser descendientes de la tribu de Menashé pasó de generación en generación. No hay testimonios escritos ni literatura sobre su deambular; en primer lugar, la historia escrita no formaba parte del estilo de vida de los habitantes de esa región y en segundo lugar, los viajes, traslados, persecuciones y conversiones causaron, sin dudas, muchas pérdidas materiales y de vidas humanas. En todos los lugares alejados y recónditos se puede percibir la fuerza de la tradición, porque no hay muchos medios de comunicación y las tradiciones familiares constituyen la base de la historia. Cabe señalar que todos los habitantes de la región carecen de historia escrita, y que la información se sigue transmitiendo de padres a hijos y de abuelos a nietos. Los medios de comunicación aún no ocupan un lugar muy destacado en la cultura local, y por eso la palabra transmitida de generación en generación tiene gravitación y significado. Por esta razón podemos confiar en las tradiciones existentes entre sus habitantes y Bnei Menashé con respecto a los orígenes y costumbres de la tribu.
Durante muchas generaciones los habitantes de la China y la India llamaban a los Bnei Menashé «Lu Shi», que en la lengua local significa «las diez tribus».
A lo largo del tiempo, Bnei Menashé se definían como «Bnei Manasia», o Manase o Menasia Pa (Padre Menashé), una ligera deformación de «Bnei Menashé». Hasta el presente, cuando suben a la Torá en las sinagogas de la India, el gabay llama: «Que se ponga de pie Moshé Ben Menashé, que se ponga de pie Uriel Ben Menashé, que se ponga de pie Ytzhak Ben Menashé».
Las principales tradiciones conservadas se refieren al Éxodo de Egipto y la partición del Mar Rojo, la huida a China, el Libro Sagrado extraviado y el deseo de retornar a Sion y a la Tierra de Israel. Estas tradiciones figuran también en las antiguas canciones de la tribu.
Una costumbre antigua y difundida entre los habitantes del nordeste de la India y los descendientes de la tribu de Menashé señala que en momentos de movimientos sísmicos o relámpagos, una persona sale de la casa, mira el cielo y dice: «D’s, recuerda que aquí hay hijos tuyos, Bnei Manasia, cuida este lugar». Ciertamente, en una noche de monzón (fuertes lluvias acompañadas de viento y relámpagos) en una de mis visitas, vi gente que salía de sus casas a la calle, alzaba las manos y la vista al cielo y decía esas palabras transmitidas de generación en generación.
La preservación de los preceptos en el pasado y los signos de judaísmo
A pesar de los largos años de diversos exilios, Bnei Menashé preservaron los preceptos. Sin embargo, debemos recordar que fueron desterrados antes de la destrucción del Primer Templo y que no tenían una tradición escrita, razón por lo cual se preservaron básicamente los preceptos mencionados en la Torá, en una interpretación literal.
A pesar de su deambular y del tiempo transcurrido, Bnei Menashé preservaron su fe judía, creían en un solo D’s que no es corpóreo y que ejerce su Providencia sobre el mundo, así como en la vida espiritual después de la muerte (el mundo por venir).
Uno de los principales factores que contribuyeron a preservar la tradición de la tribu fue la existencia de sacerdotes en todos los tiempos. Al igual que los sacerdotes en tiempos del Templo, también los de Bnei Menashé se dedicaban a elevar ofrendas, satisfacer las necesidades espirituales y atender a los enfermos.
La existencia de los mismos no debe sorprender en absoluto, porque los sacerdotes no tenían parcelas y estaban dipersos entre las otras tribus. Cuando la tribu de Menashé partió al exilio, con ella marcharon los sacerdotes que vivían en sus heredades. En la India encontré varias personas que afirman ser nietos o biznietos de sacerdotes de Bnei Menashé, que recuerdan haber visto a sus abuelos elevar ofrendas. En esta tribu el sacerdocio se transmitía sólo por herencia, de padres a hijos.
En cada aldea había un sacerdote, generalmente llamado Aarón; en las aldeas más grandes había dos. Tenían una vestimenta especial, que incluía una túnica, un manto y un turbante. Los más importantes tenían también un efod en el pecho, y a pesar de que no tenían el cargo de Sumo Sacerdote había dos clases de sacerdotes: los de menor jerarquía (Thlahpawi) y los más distinguidos (Sadawt). Antes de cada ofrenda y sacrificio solían entonar canciones antiguas sobre la tribu. En caso de enfermedad, se llamaba al sacerdote para que bendijera al enfermo y elevara una ofrenda por su sanación. La congregación atribuía a los sacerdotes una fuerza superior y una especie de profecía.
Los sacerdotes siguieron ejerciendo sus funciones hasta mediados del siglo XIX, cuando llegaron los misioneros para convertirlos y quemaron las ropas sacerdotales.
Uno de los preceptos escrupulosamente conservados por los sacerdotes fue el de elevar ofrendas. Por medio de Bnei Menashé se puede conocer la forma en que se elevaban las ofrendas en tiempos del Templo, porque cuidaban cada detalle: la matanza ritual, el degüello de los animales, el desangrado y aun las características de las ofrendas especiales, como el hecho de no quebrar ningún hueso del sacrificio de Pesaj. La salida de Bnei Menashé de la Tierra de Israel aun en tiempos del Templo preservó la elevación de sacrificios como una parte significativa de su culto espiritual.
Cuando el sacerdote elevaba una ofrenda para la sanación de un enfermo, sacrificaba un cabrito o un gallo y untaba la sangre sobre la oreja, la espalda y las piernas del enfermo, al tiempo que pronunciaba algunos versículos y plegarias. Si toda la familia estaba enferma, el sacerdote untaba la sangre sobre la puerta de la casa y no sobre el cuerpo del enfermo. El sacerdote atendía a los enfermos de lepra sacándoles fuera de la comunidad y después de su regreso los acompañaba a hacer una ablución y elevar una ofrenda.
En el caso de algunas ofrendas, se vertía la sangre sobre las cuatro esquinas del altar; en otros casos se comía la carne durante la noche, sin dejar nada hasta la mañana; había ofrendas que se quemaban por completo y la ofrenda de Pesaj se comía sin quebrar los huesos.
Bnei Menashé habían preservado también el sacrificio del chivo expiatorio. Si bien sacrificaban un ave, después de hacerlo el sacerdote proyectaba sobre ella todos los males de los enfermos. La víctima propiciatoria se tomaba de una zona rural y se la liberaba viva, mientras portaba sobre sí todas las enfermedades. Esta víctima propiciatoria servía especialmente en el caso de enfermedades graves.
Los sacerdotes se ocupaban del bienestar de los miembros de la tribu, y cuando éstos emprendían la marcha y pasaban de aldea en aldea los sacerdotes les decían una especie de «bendición para el camino»: «Los Beni Manasia salen al camino, que los malos espíritus se aparten de ellos». Antes de sembrar una parcela nueva, el sacerdote marcaba las cuatro esquinas y bendecía la tierra: «Padre nuestro celestial, nosotros los Bnei Mensahé seguimos existiendo y queremos cultivar esta parcela; ten a bien bendecirla, apartar de nuestra senda todos los daños y bendecir nuestra cosecha». Los sacerdotes vivían del diezmo que recibían de los habitantes de sus aldeas de residencia. Tenían muchas canciones y plegarias, entre ellas: «Respóndeme, respóndeme, oh D’s tú que resides en el Monte Moria; respóndeme, respóndeme, el que mora en el famoso Mar Rojo; respóndeme, respóndeme, tú que moras en el Monte Sinaí; respóndeme, respóndeme, tú que moras en el Monte Sión; yo soy el sacerdote levita, respóndeme, respóndeme».
El sacerdote realizaba también las ceremonias nupciales cuando una pareja quería formar una familia.
Durante la mayor parte de su exilio, Bnei Menashé preservaron el precepto del Brit Milá, pero cuando se interrumpió por las dificultades con los pueblos circundantes, conservaron la costumbre de «bendecir al recién nacido el octavo día» y de darle un nombre ese día. El sacerdote hacía Milat Ozen y perforaba la oreja del recién nacido como símbolo de su pertenencia a la grey judía. En un principio circuncidaban a sus niños con afiladas cuchillas de piedra; el padre o uno de los familiares sostenía el prepucio y el sacerdote circuncidaba.
En el ámbito familiar, Bnei Menashé conservaron el ybum (levirato), es decir, el hermano menor debía contraer matrimonio con la viuda de su hermano mayor para mantener el nombre de la familia, en caso de que la pareja no hubiera tenido hijos. El recién nacido llevaba el nombre del primer esposo de la madre. Bnei Menashé no conocían la jalitzá ‘(anulación de la obligación de ybum).
También habían conservado las normas menstruales, si bien no en el sentido amplio de la pureza familiar. La mujer menstruante estaba prohibida para su esposo; si se sabía que éste transgredía la norma, debía pagar una multa. Cuando finalizaba el período menstrual, la mujer se sumergía en el río, sin contar los días de purificación.
Un tema conservado en la tradición de Bnei Menashé, característico de esta tribu, es el de las ciudades de refugio. En algunas zonas había esta clase de ciudades. En la casa del jefe de la congregación había una columna, y quien mataba a alguien por error estaba a salvo de la venganza de los familiares del muerto si la tocaba. El asesino permanecía en la casa del jefe de la congregación durante siete años.
Bnei Menashé se conducían de acuerdo con las normas bíblicas también en asuntos pecuniarios. Cuando se descubría a un ladrón, debía restituir lo robado. Si no podía hacerlo, se convertía en siervo para pagar la suma robada. Bnei Menashé cercaban sus campos para no transgredir la prohibición de que sus animales pastaran en campos ajenos. Tampoco comían sangre, y para ello degollaban a los animales a fin de desangrarlos. Cuando elevaban ofrendas degollaban al ave o animal.
Las festividades centrales que la tradición de Bnei Menashé conservó son: Mimkut (la Fiesta de las Primicias), Pawlkut (Sucot) y Charkut (Pesaj). Yom Kipur perduró como un día de expiación al año. En general, su calendario era lunar. Pesaj se celebraba en marzo, el mes de la primavera, con costumbres especiales, canciones y ofrendas de los sacerdotes. Una de sus canciones de Pesaj más conocidas describe los acontecimientos de la festividad: «Debemos preservar Pesaj, porque cruzamos el Mar Rojo por tierra firme, de noche pasábamos con la columna de fuego y de día con la nube. Nuestros enemigos nos persiguieron con carruajes pero el mar los engulló y fueron alimento de los peces, y cuando teníamos sed recibimos agua de la roca».
El Sábado fue siempre el día de descanso, con la prohibición de realizar trabajos en el campo o en las casas.
La preservación de las costumbres de duelo es muy importante para entender a los Bnei Menashé, porque como se sabe en la India no hay cementerios, los muertos son cremados y arrojados al Ganges. Pero Bnei Menashé tuvieron otras costumbres, que conservan hasta el presente: entierran a sus muertos después de purificarlos. Después de eso, la familia cumple con la shivá (los siete días de duelo). Una vez terminada esa semana, el sacerdote expulsaba a los malos espíritus de la casa del muerto.
Hoy en día Bnei Menashé cumplen estos preceptos a la manera clásica. También apendieron los preceptos de la Tradición Oral y resulta difícil distinguir entre ellos y los judíos religiosos en Israel. Una de las vivencias en las que tuve el honor de participar en mis diversas visitas a sus comunidades en la India fue la compartir el sábado y los rezos con ellos. El sábado de Bnei Menashé se celebra con rezos, comidas, Oneg Shabat y gran alegría. La plegaria matutina en la sinagoga dura unas cuatro horas y cada palabra se pronuncia en voz alta (al estilo sefardí); muchos poemas litúrgicos se convierten en canciones. Hace algunos años, en mi primera visita, me pidieron que pasara delante del Arca para la plegaria del sábado. Quise renovar algo y enseñarles la plegaria al estilo de Carlebach, pero cuán grande fue mi asombro al comprobar que conocían todas las melodías que quise enseñarles…
Al final de ese shabat que compartimos, todos se reunieron para la plegaria vespertina y la ceremonia de Havdalá. A la luz de la vela de la Havdalá, uno de los ancianos quiso preguntar algo que lo preocupaba sobremanera: «Vivimos como judíos y cuidamos los preceptos, pero aún no hemos pasado la coversión estricta y no hemos retornado a Israel. Si muero ahora, ¿tendré parte en el mundo por venir?







