Predicando a los Conversos

Predicando a los Conversos

Para todos los presentes, fue una escena tan notable como conmovedora.

La joven pareja, recientemente arribada al país desde la India, se hallaba sentada frente a los tres miembros de la Corte Rabínica de Conversiones, respondiendo preguntas en una gama que abarcaba desde la filosofía judía hasta cuestiones relativas a la observancia ritual.

El examen era exigente, estaba destinado a comprobar la magnitud de su conocimiento de judaísmo y de su compromiso espiritual, y los desafiaba a apelar a los puntos más sutiles de la ley, no menos que a las visiones proféticas de la Redención Final.

«Israel es el pueblo elegido de Dios», dijo Daniel a los jueces en un inglés fluido; «Dios nos ama, y esa es la razón por la que hemos venido aquí». De pronto, traspasado por la emoción, pasó a su lengua natal, hablando a la corte con ayuda de un intérprete acerca del intenso deseo de su corazón de vivir como judío.

Apenas cuatro meses atrás, Daniel y su esposa llegaron a Israel desde Manipur, un estado de la India en la frontera con Burma. Son miembros de «Bnei Menashe» («hijos de Manasés»), un grupo que declara descender de una de las diez tribus perdidas de Israel. Por más de dos décadas, han vivido una vida judía, observando el Shabát, cuidando las leyes de kashrút y concurriendo a la sinagoga.

Ahora, tras un período de estudio riguroso, la joven pareja se aproxima a la realización de su sueño: incorporarse formalmente a la heredad de Abraham.

«¿Qué bendición se recita por una torta?», pregunta uno de los rabinos. «¿Y cuál por una naranja?». Daniel y su esposa no se equivocan ni vacilan al contestar, respondiendo a cada cuestión con una combinación de confianza y conocimiento que muchos judíos israelíes hallarían difícil de igualar.

«La torta es Boré Minei Mezonót», responden correctamente a la primera pregunta. «Las naranjas son Haéts», dice Daniel, refiriéndose a la bendición que se pronuncia por los frutos que crecen en árboles. «¿Y las bananas?», inquiere uno de los rabinos.

La esposa de Daniel ofrece una sonrisa de sabiduría. Ella sabe que es una pregunta con trampa, diseñada para verificar cuán profundamente ha incursionado en las leyes relativas a las bendiciones. Pues aún cuando las bananas crecen en un árbol, su bendición es la misma que la que se pronuncia por los vegetales nacidos directamente en la tierra. «Haadamáh», responde ella con un guiño y la sensación de tarea cumplida evidente en su voz.

Está claro que Daniel y su esposa dominan el material. No solamente porque lo han estado estudiando sino, especialmente, porque han estado viviéndolo también.

Una vez que ha culminado el examen, los rabinos conversan entre ellos analizando los resultados obtenidos por la pareja, e intercambiando impresiones acerca de su nivel de sinceridad y dedicación. El consenso entre ellos es inequívoco: Daniel y su esposa han pasado la prueba con todos los honores.

Cuando escucharon la noticia, los jóvenes inmigrantes no cabían en sí de alegría. Se pararon frente a la corte, aceptaron tomar para sí el yugo de los preceptos y recitaron el Shemá, declarando la unidad de Dios y su fidelidad inmortal a El.

Es una escena que toca en uno, y que se está repitiendo crecientemente a lo largo de Israel, a medida que crece el número de prospectos conversos que buscan incorporarse al pueblo judío.

A veces el lenguaje es ruso, o amharic, o español. Pero más allá del dialecto involucrado, la meta final es la misma: unir el propio destino al del eterno pueblo de Israel.

El domingo pasado, nada menos que el Primer Ministro Ariel Sharon se refirió al tema, cuando dijo en su reunión semanal del gabinete que el proceso de conversión debe ser acelerado. «Cualquiera que desee convertirse en judío debe poder hacerlo», se informó que dijo Sharon.

El Primer Ministro, por supuesto, está en lo cierto. Quienes demuestran un sincero deseo de ser judíos, y tienen voluntad de adherir al procedimiento respectivo tal como se encuentra ordenado en la Ley Judía, pueden y deben ser recibidos con los brazos abiertos.

Y el hecho es que en los años recientes, más y más personas lo están haciendo. Hasta 1990, se llevaban a cabo en Israel entre 250 y 300 conversiones al año. En el año que acaba de terminar, de acuerdo a los informes del Superior Rabinato de Israel, el número habrá excedido las 3.500, o diez veces la tasa de una década atrás.

Obviamente, cuando se comparan estas cifras con los nunca dichos miles de no judíos que inmigraron a Israel en años recientes acompañando la aliáh masiva de la ex-Unión Soviética, ésto resulta meramente una gota en el océano. Pero es ciertamente una tendencia positiva que necesita ser reforzada en lo sucesivo.

Si Sharon responde a lo que está diciendo, y a todos los que desean genuinamente convertirse al judaísmo se les va a facilitar el proceso, no hay razón para limitar la visión hacia dentro del Estado de Israel. En vez de ello, el país debiera mirar también hacia fuera, y aplicar la misma política respecto de mucha gente en todo el mundo que quisiera venir a vivir aquí y convertirse sinceramente al judaísmo. Van de los 6.000 integrantes de Bnei-Menashe que permanecen en la India, a las otras comunidades que practican el judaísmo in lugares como Perú, Uganda, Mexico, etc.

Obviamente, estos grupos requieren de evaluaciones cuidadosas para determinar su grado de compromiso, y para estar seguros de que su deseo de llegar a Sión es motivado por un impulso de orden espiritual más que de ganancia material. Pero si ellos también desean ser judíos, y se disponen a atravesar el proceso de conversión tal como lo estipula la ley judía, ¿por qué se les debería negar la oportunidad de llevar a cabo su anhelo?

A estos fines, Israel debería considerar el establecimiento de una Corte Rabínica especial y móvil, consistente de tres rabinos reconocidos que habrían de viajar, delegados por el gobierno israelí, a visitar comunidades, encontrarse con sus líderes y estudiar sus estilos de vida y sus prácticas. Esta Corte reportaría sus hallazgos y recomendaciones, de modo tal de habilitar al Estado a formular una política global relativa a grupos interesados en adoptar el judaísmo.

Cuando el pueblo judío en todo el mundo está debatiéndose entre tasas de nacimiento que declinan y abundancia de matrimonios mixtos, estos grupos deben ser cultivados y recibidos con abrazos, antes que rechazados o ignorados.

A través de salir al encuentro de grupos como la comunidad de Bnei-Menashe, y habilitarlos a unirse al pueblo judío, nos reforzaremos demográficamente, dando nuevo impulso a nuestros números reducidos e inyectándonos algo de la tan necesaria adrenalina espiritual.

También agregarán una diversidad renovadora a la vida judía, probando una vez más que el Sionismo y el Judaísmo son receptivos al color, y que estamos felices de recibir a todos aquéllos que desean unir su destino al del pueblo judío.

Es tiempo de que nos demos cuenta que cuando Daniel y su esposa se pararon ante la corte rabínica de conversión esta semana, estaban haciendo más que meramente asegurarse a sí mismos un futuro judío. En cierto modo, estaban ayudándonos a asegurar el nuestro también

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