Hay que salvar a los sobotniks
A cientos de kilómetros al sur de Moscú, en el remoto corazón de Rusia, se encuentra uno de los testimonios más convincentes del poder de convocatoria de la identidad judía. Allí, en la pequeña y nevada aldea de Vysoki, los últimos remanentes de un grupo conocido como los sobotniks se aferran tenaz, pero débilmente, a la religión de Moisés e Israel.
Si bien sus orígenes se pierden en la niebla del misterio, los sobotniks, y todo lo que representan, reclaman nuestra atención y nuestra ayuda.
Hace más de dos siglos, un numeroso grupo de campesinos rusos de la región de Voronezh decidió convertirse al judaísmo, como parte de lo que los historiadores describen como una inexplicable ola de «sectas judaizantes» que aparecieron en el escenario teológico de ese país.
Se los conoció como «sobotniks» por su observancia del Sobot, o Shabat, de los judíos. Si bien no queda claro por qué optaron por ser judíos, una cosa es cierta: se requería mucho coraje para desafiar el antisemitismo y la oprimente discriminación de la Rusia zarista, que difícilmente podía ser considerada como un bastión del filosemitismo.
En verdad, desde sus mismos comienzos padecieron terriblemente por su decisión de ser judíos. Simon Dubnow, el gran historiador de la judería en Rusia y Polonia, señaló que los sobotniks llamaron la atención del zar por primera vez en 1817, cuando elevaron sus quejas por «la opresión que padecían a manos de las autoridades locales, tanto eclesiásticas como civiles, por profesar la fe mosaica». Pero el pedido tuvo un efecto contraproducente y despertó la ira del zar Alejandro I, que expulsó a miles de sobotniks a los confines más alejados del imperio.
«Los líderes y maestros de las sectas judaizantes deben ser afectados al servicio militar, y los ineptos para el servicio serán deportados a Siberia», sentenciaba un decreto emitido por el Consejo de Ministros de Rusia en 1823, que añadía: «Cualquier manifestación externa de la secta, como la celebración de encuentros para rezar y la observancia de ceremonias que no guarden semejanza con las de los cristianos, estará prohibida».
No obstante, a pesar de los dos siglos de exilio forzoso, las persecuciones y el desdén de sus vecinos, de alguna manera los sobotniks lograron sobrevivir, aferrados a su judaísmo en circunstancias muy difíciles. Observaban el Shabat y la kashrut, rezaban tres veces al día y se colocaban los tefilin (filacterias), celebraban todas las festividades judías, desde Yom Kipur hasta Lag BaOmer, horneaban su propia matzá para Pésaj y en algunos casos lograban enviar a sus niños a estudiar en las grandes yeshivot de Lituania del siglo XIX.
PERO LAS SIETE décadas de severo régimen comunista dejaron su impronta en los sobotniks, al igual que en resto de la judería rusa, y les presentaron nuevos desafíos en sus esfuerzos para mantener su identidad.
El régimen soviético quiso forzarlos a asimilarse tratando de obligarlos a trabajar en Shabat, un esfuerzo que demostró ser estéril. Asimismo, las autoridades asentaron intencionalmente rusos no judíos entre ellos, con la esperanza de quebrar la compacta estructura tradicional de la vida comunitaria de los sobotniks.
Esta política soviética llevó, a partir de los años sesenta, a un creciente número de matrimonios mixtos en la joven generación y a una disminución en el nivel de su observancia y conocimientos religiosos.
En una visita a Vysoki a principios de esta semana, asistí al servicio religioso matutino del lunes, que seguía escrupulosamente el rito askenazí, pero que fue totalmente recitado en ruso. El último miembro de la comunidad que sabía leer las plegarias en hebreo era un anciano de 93 años, que concretó su aliá dos meses atrás.
Ciertamente, en los últimos años unos 500 sobotniks de Vysoki se han trasladado a Israel, en donde envían a sus hijos a escuelas religiosas y practican un estilo de vida observante. No obstante, a pesar de que en Vysoki aún quedan 800 sobotniks que quieren concretar su aliá, el Ministerio del Interior de Israel ha empezado de pronto a ponerles obstáculos en el camino.
Los postulantes de Vysoki con frecuencia deben esperar hasta tres años para recibir respuesta a su solicitud de traslado, mientras el Ministerio del Interior los mira con recelo, aunque casi todos tienen familiares que ya viven en Israel.
A mediados de 2003, el entonces ministro del Interior Avraham Poraz tomó la decisión de impedir la aliá de sobotniks casados con no judíos, a consecuencia de lo cual muchas familias que no querían dejar a sus hijos o hermanos en Rusia, optaron por no venir.
Esta política es opuesta a la que se aplica al resto de la ex Unión Soviética, en donde la pregunta de quién es el cónyuge de alguien no es en absoluto relevante para el derecho de venir a Israel.
«Eso no está bien», me dijo Lubov Goncharev en un encuentro en Vysoki. Sus padres, ambos de más de 70 años, planearon su aliá para fines de mes, pero su pedido de venir con ellos fue rechazado porque su marido no es judío. «También yo quiero concretar mi aliá y criar a mis hijos como judíos en Israel. ¿Por qué el gobierno no me permite ir?»
Ciertamente, los mismos sobotniks dicen que aceptarían pasar la conversión si ello eliminara las dudas sobre su condición, o la de sus cónyuges e hijos.
Pero eso no parece interesar mucho al Ministerio del Interior, por lo que un gran número de niños judíos sobotniks se pierden para el pueblo judío, posiblemente para siempre.
Según una investigación realizada por el Dr. Velvl Chernin, un etnógrafo que se desempeña como emisario de la Agencia Judía en Moscú, se estima que hay unos 10.000 sobotniks dispersos en algunas decenas de comunidades en Rusia, Ucrania y Siberia. Chernin dice que la asimilación impuesta a los sobotniks por los soviéticos debilitó tanto los lazos de la joven generación con el judaísmo que, si no se les permite ir a Israel, la mayoría desaparecerá en una generación o dos.
Es sencillamente inconcebible que el gobierno israelí permita una injusticia como ésa. Los sobotniks desafiaron la crueldad zarista y la represión soviética para ser judíos, con gran riesgo de sus vidas y su bienestar. ¿Cómo puede ahora el Ministerio del Interior cerrarles las puertas de manera tan insensible y de miras tan estrechas?
Corresponde que el gobierno revise la política del Ministerio del Interior y que permita a los sobotniks remanentes venir a Israel. Están preparados para ello y dispuestos a hacer todo lo necesario para ser nuevamente aceptados en el seno del pueblo judío y la sociedad israelí, por lo cual no hay ninguna razón valedera para no traerlos aquí.
Si bien se los ve y oye como típicos campesinos rusos, con los rasgos faciales y los modales que resultan familiares a quien ha visto El violinista sobre el tejado, no debemos permitir que las apariencias nos engañen.
Los sobotniks son judíos en todo sentido, y ha llegado el momento de que Israel los traiga a casa.
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El autor fue ayudante del ex Primer Ministro Biniamin Netaniahu y es el fundador de Shavei Israel (www.shavei.org), que ayuda a los «judíos perdidos» a retornar a su pueblo.







