Anusim en el Salvador: mucho más que comunidades emergentes

Anusim en el Salvador: mucho más que comunidades emergentes

DSC_0916Cuando, junto con Margalit, mi esposa, decidimos ir a pasar una larga temporada en El Salvador, donde reside mi hijo con su familia, lo primero que me pregunté fue si en aquel país centroamericano habría judíos. Sé por experiencia lo que significa alejarte durante un tiempo considerable de tu comunidad, aunque sea tan pequeña como la mía. Algo había oído en Shavei acerca de la existencia de unos anussim salvadoreños, así que escribí al Rabino Eliyahu Birbaum. El fue quién mandó una carta de presentación a Eliyahu Franco, presidente de la Federación de Comunidades Sefardíes de El Salvador. Aún no había abandonado Mallorca y ya tenía la respuesta llegada desde el país de los volcanes y los lagos: estaban encantados con mi visita y, al tiempo que me acogían como miembro temporal de sus comunidades, me invitaban a contarles mi experiencia personal y la de los chuetas mallorquines.

En el pequeño país salvadoreño existe una comunidad reformista asentada alli desde antes de la Shoá. A ella fuimos también invitados en el primer shabat después de nuestra llegada. Me encontré con Fernando, un rabino procedente de Argentina que me acogió con suma amabilidad. Vi una comunidad en cierto sentido parecida a la de Palma -teóricamente ortodoxa- que dispone de una amplia y hermosa sinagoga y de unas instalaciones anexas que podrían ser la envidia de cualquier judío. Aquella noche se celebraba un Bar Mitzvá y la verdad es que no percibí diferencias notables respecto de otros actos de culto a los que había asistido.

DSC_0780Pero nuestro lugar, evidentemente, no estaba allí. Lo supe nada más conocer a Eliyahu Franco y a su familia, que nos recibieron en su comunidad salvadoreña, denominada Bet Israel. Allí me encontré con el mismo problema que tenemos en Mallorca: una enorme distancia entre nuestro lugar de residencia y la sinagoga. Pero valía la pena el sacrificio de tener que contratar a un chófer para que nos llevara al templo antes del inicio de la oración de la tarde. Mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme con un nutrido grupo de gente que llenaba casi por completo el amplio recinto. Sus rasgos eran los característicos de los pueblos de Centro y Sudamérica, pero tanto su aspecto personal como sus actitudes eran claramente judías y estrictamente ortodoxas. La mayoría vestían de negro y recitaban la tefilà en hebreo prácticamente sin necesidad de sidur. En la bimá un joven jazán cantaba como los propios ángeles. Su aspecto era formal pero su pelo mostraba las enmarañadas trenzas de un rafta. Después de minjá y antes de la recepción del shabat se cantó el Shir Hashirim, turnándose en cada capítulo. Me sentí arropado por la emuná que flotaba en aquel lugar. Luego cenamos todos juntos. Estábamos en familia, entre hermanos, espléndidamente atendidos por la mamá y las hermanas de Eliyahu, que fueron homenajeadas con el Éshet Jayil con una reverencia que me emocionó.

No había duda: estaba en casa. Mejor que en casa, puesto que allí no había problemas de minián ni concesiones al relajo. Ni en las comunidades judías más ortodoxas había visto el rigor y la seriedad con que me encontré en Bet Israel.

Un congreso peculiar

Un domingo Eliyahu me invitó al Congreso de Comunidades. Les honraban con su presencia el embajador de Israel en El Salvador y el Rabino Itzjak Aboud, enviado expresamente desde México por Shavei Israel. Aquel día tuve ocasión de contar la historia de los chuetas mallorquines, la de mi retorno personal y el guiur de Margalit. Me escuchaban maravillados. Cuando veía sus caras, no podía evitar un pensamiento: son tan judíos como yo o como cualquier otro; más, incluso, porque son fieles cumplidores de la halajá. Les dije que ellos eran el ejemplo para mí y no al revés. Lo dije y lo sentí en lo más profundo de mi corazón. Iehudim, descendientes o no de nuestra estirpe, por la voluntad y el compromiso de serlo.

Grupo Ualco2Otro día, también en domingo, visitamos junto con Eliyahu las pequeñas comunidades de Armeniae Izalco. Allí la impresión fue todavía mayor: judaísmo desde la humildad y la pobreza. Un Maguén David brillando en medio de chapas de latón, un arcón muy sencillo, todavía sin Sefer Torá, y un deseo unánime: queremos ser reconocidos como judíos. En algún momento me sentí avergonzado, como si en estos últimos años hubiese estado jugando a un juego de diversión o entretenimiento mientras unos hermanos lejanos, ahora ya conocidos, luchaban de verdad para ser aceptados como lo que ya realmente son. Judíos de la Diáspora, ramas dispersas del gran árbol de Israel.
Personalmente, tanto mi esposa como yo hicimos una gran amistad con Eliyahu Franco y su familia. Ellos nos enseñaron su país, compartieron su comida con nosotros y nos explicaron sus anhelos. Nos despedimos con un compromiso: el de luchar para que éstos se cumplan y el de volver a verlos. En El Salvador o en Israel.

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