El bar mitzvá de un niño de 16 años
La historia de Karol debería inspirar en nosotros una gran confianza sobre la eternidad del pueblo de Israel.
Lentamente y de forma un poco dudosa, Karol comenzó a recitar la bendición de antes de la lectura de la Torá. Era posible detectar en él, un poco de nerviosismo en su voz mientras que pronunciaba las palabras en hebreo, totalmente consciente de la solemnidad de la ocasión.
Con sus padres y hermanos mirándolo con evidente orgullo, y la comunidad llenándolo de cariño y alegría, Karol atravesó este sublime rito en el cual se convirtió en adulto, al igual que el resto de los jóvenes judíos alrededor del mundo.
Excepto, que este no fue un Bar Mitzvá común.
Karol tiene 16 años, vive en los suburbios de Katowice, Polonia, y de niño ni siquiera sabía que era judío. Su historia debe inspirar en nosotros una gran confianza sobre la eternidad del pueblo de Israel.
Localizada en la región de Silesia, Katowice fue parte de Prusia hasta el 1921, conocida por su nombre alemano, Kattowitz. Luego del descubrimiento de grandes depósitos de carbón en la zona a mediados del siglo XIX, la ciudad comenzó a crecer y atraer un cada vez mayor número de judíos. La primera sinagoga fue inaugurada en septiembre de 1862, y para 1867 los judíos constituían el 12% de la población.
En noviembre de 1884, la ciudad hospedó a un gran evento de la historia sionista moderna, cuando los representantes del movimiento Jivat Tzión de diferentes países, se reunieron en lo que fue conocida como la conferencia Kattowitz, liderada por Leon Pinsker y M.L. Lilienblum. La reunión galvanizó el naciente movimiento sionista y estableció medidas concretas para colonizar la tierra de Israel y ayudar a sus valientes pioneros.
Luego, Katowice se convirtió en parte de Polonia, no mucho antes de que el antisemitismo comience a surgir. En 1937, los judíos locales sufrieron un pogrom, violentos ataques y boicots económicos, los cuales los llevaron a abandonar la ciudad. En la víspera de la Segunda Guerra Mundial, solo el 6% de la población era judía.
Días después de la invasión alemana a Polonia, el 1 de septiembre de 1939, Katowice fue víctima de los bestiales ocupantes, los cuales rápidamente se pusieron a trabajar y quemaron la Gran Sinagoga, antes de expulsar a los judíos y enviar a su mayoría a Auschwitz, donde encontrarían su muerte.
Luego de la guerra, algunos judíos retornaron a la ciudad y sus alrededores, pero la opresión comunista llevó a muchos a abandonar el lugar en las subsecuentes décadas, mientras que otros eligieron esconder su identidad por miedo.
Hace unos años atrás, Shavei Israel, organización que presido, envió a un joven y dinámicos rabino a Katowice, Yehoshúa Ellis, para servir como líder espiritual de la comunidad y ayudar a aquellos que tienen raíces judías a reconectarse con su pueblo.
Junto a su esposa, el Rabino Ellis ha tenido un gran impacto organizando clases y seminarios, liderando plegarias, visitando a ancianos enfermos sobrevivientes del holocausto y a traer un nuevo espíritu a la zona. Trabajando en cooperación con el incansable Gran Rabino de Polonia, Michael Schudrich, el Rabino Ellis ha literalmente cambiado la vida de las personas, incluyendo la del joven Karol y su familia.
Hace varios meses atrás, el padre de Karol se acercó al Rabino Ellis, porque oyó de una nueva serie de clases de hebreo que se ofrecían en la comunidad.
Explicándole que tiene raíces judías en su familia, el papá de Karol mencionó que la madre de su mujer era judía, llevando al Rabino Ellis a confirmar que su mujer e hijos eran por lo tanto miembros de la tribu.
La familia comenzó a atender los servicios y eventos comunitarios en forma regular y eventualmente se acercaron al Rabino Ellis con una pregunta un poco inusual: si Karol no había festejado su Bar Mitzvá aún, ¿debía hacerlo ahora a los 16 años? Explicándole que no había una obligación halájica de realizarlo, el Rabino Ellis sugirió que igualmente sería adecuado para un joven como Karol ascender a la Torá como un hito al cual podría mirar cuando creciera.
Y por eso, el Shabat pasado, en una pequeña sala que es ahora utilizada como la Sinagoga de Katowice, me paré detrás de Karol, quien paralizado recitaba la bendición que alaba al Rey del Universo por entregarnos la Torá.
En ese entonces, pensé para mí mismo, este momento hubiese sido impensable hace 70 años atrás, cuando la misma existencia de la vida judía en Katowice se encontraba en peligros de ser extinguida para siempre. Y sin embargo aquí estamos, en una sala llena de la santidad de Shabat, desafiando la historia y la lógica de declarar que ¡el pueblo judío aún vive! Cuando tomamos a Karol de la mano y bailamos en un cada vez más acelerado círculo, un pasaje del Zohar vino a mi mente. El libro místico, dice que en eventos alegres de la familia, las almas de los seres queridos vienen a participar de la celebración también.
De alguna forma, estaba seguro que no solo los antepasados de Karol se encontraban allí, sino todos los preciados judíos que fueron asesinados por los alemanes y sus malvados colaboradores.
Incluso si los demonios Nazis lograron asesinar a la mayor parte de la judería de Katowice, no lograron extender la píntele yid, la chispa judía que pasa de una generación a la otra más allá de nuestros enemigos.
En ese momento, supe que es verdad: sin duda somos el pueblo eterno.
Mazal tov Karol, y que tu ejemplo inspire a unos cuantos más judíos, en Polonia y otros lugares.







