Miquel Segura
No podría decir cuántos años tenía el día en que me apercibí de ser alguien distinto a la mayoría de mi entorno. En mi casa, como en todos los hogares chuetas, el tema estaba prohibido, no se mencionaba. Recuerdo, sin embargo, un pálpito de misterio, algo avergonzante y oculto, latiendo en conversaciones apenas iniciadas. Silencios, muecas, palabras rotas, un punto de tensión desconocida en el marco de una existencia aparentemente feliz.
Mi padre, un comerciante de espíritu inquito y optimista, arrastró, sin embargo, a lo largo de toda su vida, un miedo indefinible. Naturalmente, yo no pude apercibirme de ellos hasta que su vejez fue dejando al descubierto debilidades que antes nunca me habían sido reveladas. Ahora estoy seguro que el hecho de ser chueta y la ausencia de su madre, que murió cuando él era todavía un niño, fueron las únicas dos circunstancias que ensombrecieron su existencia.
Mi primer recuerdo concreto y preciso de mi memoria chueta se remonta a un día de julio. Yo tendría nueve o diez años. Aquel día teníamos que trasladarnos a la casita que mi padre había comprado a orillas del mar, donde pasábamos una parte del verano. Recuerdo que muy poco antes yo me había atrevido a comentarle que un compañero de clase, me había insultado llamándome chueta durante las verbenas que se celebraban en las fiestas patronales de mi pueblo. Su respuesta fue parecida a la de anteriores ocasiones:
-Tendrías que haberle contestado que cuando te llama “chueta” te llama “señor”.
Los chuetas de Mallorca de mi generación han adoptado tres actitudes diferentes ante su condición de tales. Unos, la mayoría, optaron por el silencio y el sufrimiento interno, pensando que el tiempo acabaría por enterrar su estigma y el de su familia. Otros han intentado buscar explicaciones, apoyándose en diferentes explicaciones de los historiadores. “Todos somos chuetas”, dicen, alegando que los apellidos mallorquines descendientes de judíos son muchos más que los 15 considerados como tales. Unos terceros, entre los que me cuento, hemos intentado procesar el hecho que marcó nuestra infancia y aun nuestra vida, en clave positiva, a través del estudio, la reflexión y – en mi caso particular – la difusión del problema, presentándolo como la gran asignatura pendiente de una sociedad – la mallorquina – que se autoproclama abierta y tolerante. Esta actitud por una parte, te libera de la exclusión y el insulto: si yo proclamo con orgullo que soy chueta abulo la naturaleza despectiva de esta palabra. Sin embargo, ello me ha llevado a ser visto como una especie de “rara avis” por los restantes chuetas, aunque esta circunstancia, afortunadamente, está cambiando en los últimos tiempos. Mi “militancia chueta”, por definirla de alguna manera, ha convertido el gran estigma de mi vida en un largo proceso de estudio, reflexión y difusión, lo que no ha dejado tampoco de proceso – del que soy protagonista junto a un ínfimo grupo de compañeros chuetas – nunca hubiese sido posible antes de la instauración de la democracia en España.








