En una pequeña ciudad polaca de sólo 11.000 personas sin un solo judío, un moderno museo judío ha sido construido. Millones de dólares se han invertido en la restauración de la impresionante sinagoga de la ciudad. Y ahora, una mikvé de 150 años de edad...
La semana pasada, el mundo judío celebró Lag Baomer, el día 33 del periodo entre Pesaj y Shavuot, marcado en Israel y en todo el mundo judío con oraciones especiales, visitas a las tumbas de hombres justos y, para los jóvenes ( y los jóvenes...
A cientos de kilómetros al sur de Moscú, en el remoto corazón de Rusia, se encuentra uno de los testimonios más convincentes del poder de convocatoria de la identidad judía. Allí, en la pequeña y nevada aldea de Vysoki, los últimos remanentes de un grupo conocido como los sobotniks se aferran tenaz, pero débilmente, a la religión de Moisés e Israel.
Si bien sus orígenes se pierden en la niebla del misterio, los sobotniks, y todo lo que representan, reclaman nuestra atención y nuestra ayuda.
Hace más de dos siglos, un numeroso grupo de campesinos rusos de la región de Voronezh decidió convertirse al judaísmo, como parte de lo que los historiadores describen como una inexplicable ola de "sectas judaizantes" que aparecieron en el escenario teológico de ese país.
Se los conoció como "sobotniks" por su observancia del Sobot, o Shabat, de los judíos. Si bien no queda claro por qué optaron por ser judíos, una cosa es cierta: se requería mucho coraje para desafiar el antisemitismo y la oprimente discriminación de la Rusia zarista, que difícilmente podía ser considerada como un bastión del filosemitismo.
En verdad, desde sus mismos comienzos padecieron terriblemente por su decisión de ser judíos. Simon Dubnow, el gran historiador de la judería en Rusia y Polonia, señaló que los sobotniks llamaron la atención del zar por primera vez en 1817, cuando elevaron sus quejas por "la opresión que padecían a manos de las autoridades locales, tanto eclesiásticas como civiles, por profesar la fe mosaica". Pero el pedido tuvo un efecto contraproducente y despertó la ira del zar Alejandro I, que expulsó a miles de sobotniks a los confines más alejados del imperio.